Cultural Pública es un colectivo de investigación interdisciplinaria que pretende explorar la relación entre Arte, Cultura y Sociedad

3.7.10

Violencia en el Aire

En Mujeres soñaron caballos de Daniel Veronese, Lucera es un personaje tímido, inofensivo y aparentemente incapaz de siquiera tocar un arma. Sin embargo, a las 8:05pm decide matar a toda su familia extendida con una pistola, incluyendo a su esposo. En ese momento ella se atreve a ejercer la violencia sin sentido a la cual siente que ha estado sometida toda su vida. El guión de esta obra de teatro concluye con una reflexión que hace este personaje y que sintetiza cabalmente el estado actual de las cosas: "Hay un nuevo tipo de violencia en el aire. Lo veo. Lo siento dentro de mí y dentro de mucha gente..."
Hoy el escepticismo y la indiferencia que imperan en nuestra sociedad frente a lo político tiene ecos de lo que algunos estudiosos han llamado "el fin de la política". Pero, ¿a qué se refieren con esto? Si México basa su orden social en principios institucionales claramente políticos como lo son las elecciones, los partidos políticos, la división de los tres poderes de la república y el respeto a la voluntad de la mayoría y de las minorías, ¿por qué plantear el fin de la política?

Uno de los representantes de esta escuela de pensamiento, Jacques Rancière, nos propone repensar lo politico ya no como una esencia unitaria en la que se disocia el pensamiento de lo político del pensamiento de poder, sino como una esencia indeterminada en la que las divisiones y diferencias internas no cesan de trabajar, de orientarse y de alterarse por las prácticas sociales. Así, el verdadero sujeto político se constituye cuando su participación toma la forma de contrapoder en un orden establecido.

De acuerdo con estos pensadores, la paradoja principal de las democracias modernas es que a través de la idea del “consenso” éstas han logrado separar la idea del contrapoder de la idea de lo político. Así, el sujeto político en la democracia consensual, se constituye a partir de su relación positiva respecto al orden establecido, en nuestro caso la de elegir a nuestros representantes que buscarán hacer valer nuestros derechos como individuos. Cuando hablan de una Democracia fundamentada en el consenso, se refieren a un acuerdo general que existe sobre el orden de desigualdad que se cree más apropiado para garantizar a los menos desfavorecidos una parte suficiente de poder y bienestar, y que permite perpetuar este orden aparentemente democrático. Así, repensar lo político implicaría ir más allá de la igualdad aritmética y de la adición unificada de los deseos de los individuos.

Rancière toma como eje central de su argumento la participación y propone que la política existe en tanto se pueda concebir como un espacio en el que el sujeto político democrático pueda alterar el orden establecido. Partiendo de una visión crítica de las tesis que anunció Fukuyama en su famoso libro "El fin de la historia", Rancière nos explica que en este momento se han abandonado por completo las ilusiones vinculadas al poder y a la representación en cuanto programa de liberación y promesa de felicidad para los sujetos políticos. En general, la protesta política ha pasado a un segundo plano en las prácticas ciudadanas. Sólo algunos pocos, quizá los más desfavorecidos son los que continúan participando de esta forma claramente con la ilusión de constituirse como un contrapoder. Se podría decir entonces que gran parte de la población ha relegado la participación ciudadana por el imperium de una idea y de un telos de un gobierno (seguridad nacional, guerra antidrogas) ya sea como reflejo de sujeción o de miedo, o por qué no decirlo, de ambos.

Algunos teóricos ubican los fundamentos de la sujeción política moderna en la raíz del pensamiento anglosajón de Hobbes. Este teórico del Estado trata de reducir todas las individualidades a una base motivacional universalmente natural y suficientemente estable para asegurar un sólo poder soberano capaz de garantizar la sumisión general y homogénea: el Leviatán. Así, la teoría del Leviatán se basa en la suposición de que todos los individuos están obsesionados por un inextinguible deseo de autoconservación y, que a la vista de esta amenaza, manifiesta o latente, de destrucción, se debe buscar el fundamento universal del sometimiento como cuidado racional de uno mismo: el Estado, pero no cualquier forma de Estado. El Estado que propone Hobbes es un Estado policial en el que el miedo de los individuos es el motor fundamental que legitima todas sus acciones.

El Estado moderno policial es un eco de los postulados filosóficos de Hobbes, pero también de Schmitt y Robespierre. El miedo como razón de ser del Estado, reproduce fuertes principios orientados al orden y al consenso que evidencian que la capacidad de amenazar, complementada con la aptitud de ponerla en práctica, es la auténtica razón de su existencia práctica. Esta reducción del comportamiento humano a un último movimiento, el miedo, pone en marcha una serie de consecuencias epocales. Unos de los más claros, a mi parecer, son las concepciones modernas de igualdad y tolerancia, así como la naturaleza policial de la política y del Estado moderno. Me refiero al concepto de igualdad que promueve y reproduce el desprecio desmesurado al desarrollo de la masa y de los "sin-parte" como sujetos políticos (ver Rancère, ¿Sociedad Igual?).

La tolerancia entendida como una práctica política que contribuye a sostener un orden que perpetúa el sistema injusto que rige en el mundo así como los fuertes principios orientados al orden y al consenso. Me refiero al liberalismo tolerante como aquél sistema en el que las demandas de reconocimiento son atendidas sólo en apariencia por el Estado con la intención de aunar y homogeneizar a todo el género humano como si las distinciones entre los individuos fueran una mera desviación de la norma. Así, las políticas "identitarias" contemporáneas parecen dar a diferentes grupos (homosexuales, feministas, trabajadores, migrantes) soluciones inmediatas, cuando en realidad los subsumen en un conjunto de entes en apariencia satisfechos, cuyo lugar —inamovible— en el tejido social está sólidamente establecido en tanto que contribuyen al desarrollo de este sistema.

Vivimos un momento en el que el ejercicio político se ha volcado por entero al presente eliminando todo lo que no está dirigido a la maximización de posibilidades de éxito del individuo-en conjunto (ya no de la comunidad en general), para así entrar a una temporalidad homogénea, una temporalidad aligerada del pasado y del futuro a la cual le corresponde un espacio liberado de discusión. Sí, ese es el espacio (a)político llamado centro.

Alguna vez leí que al no tomar partido en algo, se está tomando partido. Al no tomar partido se practica una negación de violencia sistémica y subjetiva que se produce y reproduce hacia los individuos excluidos, aquellos que crecientemente se consideran como sobrantes y desechables: desde los vagabundos hasta los inmigrantes o los desempleados. Esa violencia sistémica basa buena parte de su potencial en el miedo a la diferencia, lo cual conduce a la sociedad hacia un callejón sin salida, en el que nos convertimos en seres apáticos, incapaces de movilizarnos por nada ni de asumir compromisos duraderos.

Las políticas actuales proclaman el respeto a la alteridad, pero fomentan de forma solapada la intolerancia ante la ocupación de los espacios. En un espacio social en el que se excluye a determinadas clases (razas, personas, estamentos), las personas se encuentran "privadas de mundo" y en esta situación, la violencia contemporánea se explica como un fin en sí mismo es decir, es a través de la violencia sin sentido que se intenta recuperar el espacio perdido. En la defensa a la intoleracia, Zizek conlcuye que esta violencia sin sentido se torna hoy en la única manifestación real de protesta que queda.

Andrea Ancira

No hay comentarios:

Publicar un comentario