Cultural Pública es un colectivo de investigación interdisciplinaria que pretende explorar la relación entre Arte, Cultura y Sociedad

4.7.10

TIEMPO QUE AL PERDERLO NO SE PIERDA ORO. (MESETA A 10 INTENSIDADES).

Pobres, lo que se dice pobres,
son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar,
como las alas de las gallinas que se han olvidado de volar.
(Eduardo Galeano, “Pobrezas”)

I

En algún día de septiembre, al inicio de sus diálogos, por alguna razón contingente, él arguyó: “el tiempo es oro”, a lo que ella respondió: “no, el tiempo es tiempo”; él, replicó, con una duda: “¿tú crees?”. No se dijo más. Quizá no esté ya en su memoria.

Situándonos en el kairós, en proyección hacia el pasado, se puede pensar que los dos se equivocaban. El tiempo ni es oro, ni tiempo en sí. O, como afirma Karl en los Grundrisse: todo valor termina siendo una cuestión de tiempo. El valor es tiempo: quantum; abstracción, homogeneización, serialidad, repetición, desgaste. Pero también, y antes, es valor de uso: lo cualitativo; es concreto, singular, diferente; es un bien; es placer. Si es placer entonces también es displacer, para ponernos freudianos. Placer como valor de uso; valor como displacer (principio de muerte): tánatos. El valor es tiempo; tiempo de trabajo (enajenado): ora desgaste, ora cansancio, ora morti-ficación: Nunca se le ve, en cuanto abstracto, es invisible, espectral, especular, terrorífico, intangible, como la muerte: es tanático.

El tiempo es valor de uso: tiempo para el uso de sí mismo, tiempo para el uso de los otros, tiempo para el uso de sí mismo con los otros, tiempo para él, tiempo para ella, tiempo para el cuerpo, tiempo para sentir, tiempo para desear, tiempo para el placer, tiempo para amar, tiempo para la fruición, tiempo para el ocio, tiempo para pensar, tiempo para conocer, tiempo para imaginar, tiempo para el silencio, tiempo para la serendipia, tiempo para vivir, tiempo para el momento, tiempo para el detalle, tiempo para lo espontáneo, tiempo para el azar, tiempo para la necesidad, tiempo para la libertad; tiempo para el concreto que siempre es complejo, rico, sintético y múltiple, o como bellamente lo diría Marx: “lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo tanto, unidad de lo diverso”.

Lo concreto que es múltiple y complejo porque implica lo general, lo particular y lo individual. Lo individual que es sujeto, individuo, humano, que es la vida, ese “movimiento creador de diferencias, el dominio de la razón” (Lefebvre). La reproducción vital del ser humano como valor de uso inicial.

II

La violencia que está en el aire tampoco se ve, como el valor, parece intangible. Aún. Da visos. Aparece. Se expresa intermitente. Que así siga. Aunque late a jornada completa. Está a punto. Retorno de lo reprimido. Momento liminar. Miedo. Crisis psico(pato)lógica-->Crisis subjetiva-->Crisis valórica-->Crisis moral-->Crisis civilizatoria.

III

Aquí y ahora no hay en sí de las cosas. Su inmanencia es nula, se ha des-ontologizado. Ha sido transustanciada y fetichizada. Ya no en fetiche de las mercancías sino en fetiche del dinero. Como el dinero se desdobla en oro, entonces, “si el tiempo es oro” el tiempo es dinero. Y, como el dinero es valor, el valor es tiempo. Tiempo de trabajo. Trabajo que crea riqueza. Riqueza que tiene un límite inferior sobre la cual asentar una existencia deseable. Deseable para el espíritu, pero no para el espíritu humano: la razón, sino para el espíritu del capitalismo (Weber dixit) que lo ciñe todo. Es un universal ante rem, que toma la realidad como correspondencia, a la que se impone y la cual debe adecuarse, perfeccionar la idea omnipotente y de gran espíritu. Adecua la realidad a una metafísica. Lo hace enajenando, extrañando al sujeto de esa relación, lo desvanece como humano. Lo coopta introyectándole una moral, una rectoría valorativa que permite dar sentido a la acción de valorización del valor, la única acción racional, la única acción con sentido: la creación de capital. Dicha moral es el ethos protestante: para vivir adecuado al mundo moderno se debe cuidar e incrementar la riqueza (dinero que produzca más dinero) para procurarse un bienestar, pero a condición de atender las necesidades de reproducción de esa riqueza. Eso no se logra sino con responsabilidad, racionalidad, eficiencia y sentido realista. La autoafirmación decorosa, que permita ser mínimamente rico, debe partir de esos valores, realizando así esa ética auto-represiva.

IV

Memoria corta: “sin inmediatez con el objeto” (Deleuze). Ad-hoc a la saturación. Piensa rápido. Presurosidad del tiempo. Atomización del tiempo. Micro-tiempos aislados. Velocidades privatizadas. Discontinuidad textual. Flujo de imágenes. Aquí y ahora. A-historicidad.

V

¿Cómo valorar el azar, lo contingente, en una dinámica que, per se es negadora de ello? Se está en un estado que aísla la necesidad, para la pura consecución de esta. La incomunica evitando que converjan azar y necesidad, contingencia múltiple y necesidad cambiante, creadores de posibilidades de libertad. El azar que subvierte la dictadura de la necesidad, y con la cual se debe articular en una paralaje dialéctica.
El cuerpo, la psique individual se convierte en receptáculo de motivaciones, imputaciones, intencionalidades, pero también de represiones y constreñimientos que devienen en neurosis. La neurosis como pieza del rompecabezas. El desgaste de fuerza humana y la redirección de energía libidinal. La sublimación de las potencias instintivas, eróticas, pulsionales se metamorfosean en la actividad productiva y las diversas ocupaciones que van derivando del homo œconomicus.

La energía libidinal es consumida en el proceso de trabajo, absorbida casi en totalidad hasta su nulidad, y si le queda algún residuo es consumida en el proceso de consunción de objetos o de estilos de vida, de relaciones humanas que se convierten en “enteras concreciones cosificadas de la vida” (Lukács), dado el extrañamiento, la alienación de sí mismo y de los otros. El consumo del proceso de consumo (Jameson) cala hasta la insatisfacción y el malestar psíquico, fisiológico y emocional y se expresa en “un consumo desmedido del todo sin llegar al disfrute total de las cosas”. Y todo ello antes de poderla realizar efectivamente, en el acto lógico, biológico, procreativo de la vida: la práctica sexual.

Así no queda nada para eros: el placer, lo lúdico, lo sagrado, la ruptura. La economía libidinal se pone estásica. El valor-tiempo-abstracto-espectral-tanático subsume casi por completo al tiempo-valor de uso-concreto-erótico. Lo ha hecho por vía de “liberar” pulsiones en forma de que debiliten la energía creativa, erótica. La relación en vaivén dialéctico del cuerpo-razón, el cuerpo-imaginación, el cuerpo-pulsión como fuerza productiva procreativa-vital-metabólica, convertido en fuerza productiva técnica-instrumental y en fuerza destructiva de sí mismo.

Ocurre una representación de la vida como ensamblada en lo absoluto del proceso de maximización productivo y consuntivo. En los que las formas más salvajes del consumo (salvajes en tanto que va contra la sustancialidad humana que tiene lugar en la interacción de lo natural y lo social) cosifican los actos y gestos humanos, las redes de relaciones humanas en su conjunto. Gesto y acto humano articulados para la maximización de ganancias. En estos no hay ya trascendencia de las prácticas en tanto que se erradica la perspectiva. Así las decisiones y las prácticas se hacen tabula rasa (inconscientemente) para procurar la conservación del sistema.
Las redes de relaciones humanas desarrolladas por medio de relaciones de expresión, que darían cuenta de la necesidad de vincularse colectivamente son silenciadas. Vinculación reprimida por la relación entre cosas. La vinculación comunitaria convertida en tabú, además de ser reificada y cosificada. Se le vuelve abstracta, se busca reducir una síntesis que es irreductible, en tanto que fundada en la singularidad concreta de cada cual.

Es así una “liberación” que conlleva más represión: desublimación represiva (Marcuse). Represión, auto-sujeción, auto-explotación. Reproducción del mecanismo generador del valor que se autovaloriza, bregando por la conservación del proto-sujeto del cuál todo depende, del que todo irradia: el dinero-riqueza. La condición sine qua non: separación metódica de la esfera instintiva de la intelectual; la brecha entre el placer y el pensamiento; dislocación del cuerpo y el sentido; el abismo entre la tierra y el mundo; la escisión entre capacidad y necesidad; desgarramiento comunicativo hacía sí mismo y hacia lo Otro. El brazo del principio de realidad (mercado) envuelve al eros, absorbiendo la energía libidinal sin que ocurra una nueva síntesis. El sujeto es vampirizado en lo absoluto.

VI

Lo intelectual-pensante enajenado de la materia pulsional libidinal y convertido en fuerza productiva nodal (trabajo inmaterial) de la “sociedad del conocimiento”, general intellect lo llama Marx: “en esta transformación lo que aparece como el pilar fundamental de la producción y de la riqueza no es ni el trabajo inmediato ejecutado por el hombre ni el tiempo que éste trabaja, sino la apropiación de su propia fuerza productiva general, su comprensión de la naturaleza y su dominio de la misma gracias a su existencia como cuerpo social; en una palabra el desarrollo del individuo social […] el desarrollo de capital fixe revela hasta qué punto el conocimiento o knowledge social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del general intellect y remodeladas conforme al mismo.” En el capitalismo posmoderno ocurre, como continum de los procesos de subsunción formal y real del trabajo inmediato que consolidan al capital, una subsunción real del trabajo general, el cuál surge con la separación consumada entre trabajo manual y trabajo intelectual. Ambos son trabajo productivo. Productividad de la “producción intelectual”.

VII

Asistimos, a una de las más horribles y sofisticadas formas de enajenación, la cual es curiosamente introyectada y reproducida por el individuo como una necesidad y satisfacción propias. La totalización, la fascistización pluralista (oxímoron) que permea todos los lugares, todos los espacios. Sus efectos son la destrucción de la vida privada y el mundo de la vida; el desprecio del individuo por la paciencia, por lo contemplativo, y en el que se vuelve incapaz de tomarse el tiempo para perderlo porque “el tiempo es oro” y sería perverso desperdiciarlo; es incapaz de abstraerse del mundo maquínico para escuchar el silencio; incapaz del rechazo a lo tosco-amorfo-homogéneo porque eso significa romper la (in)seguridad. Miedo.

La auto-sujeción, que tiene como sustrato al mercado como dispositivo que interrelaciona las individuos en competencia, apaciguando así su natural salvajismo y haciendo prescindir del soberano para cumplir con la misma función, inauguran una esclavitud posmoderna.
Que ¿esclavos de qué? ¿Del dinero-riqueza, del poder, de la imagen, de la apariencia, de nosotros mismos? De todo y de sí mismo. De sí mismo como dispositivo metabólico que, fetichizadamente, actúa como dinamizador del mercado.

Y qué ha hecho que la modernidad como promesa de liberar al individuo del mito, de dios, de lo metafísico, de lo irracional, de la naturaleza enseñoreada, haya desviado de su telos. Cómo creó, en parte, individuos que progresivamente pervierten la direccionalidad de sí mismos y del curso histórico, que estaba basada en la disminución de la escasez y la felicidad secularizadas, no obstante que siguen creyendo marchar por la senda adecuada y racional, benigna y satisfactoria. ¿Qué color de pastilla se tomó? ¿Qué microchip se le incrustó? De vuelta Weber: el ethos protestante.

VIII

El panorama: individuos salvajes que sólo pugnan por su autoconservación. Individualidad reducida por la universalización del soberano en el cual se fundamenta el sometimiento, racionalmente elegido. La reducción que opera es la abstracción de lo múltiple humano al miedo.

La elección que presupone responsabilidad estaría significando la reproducción en cada momento de la cotidianeidad de las mercancías. El proceso de autoconservación sería no sólo del individuo sino también del capital, necesitando así la racionalización y una disciplina del cuerpo (Foucault) ad-hoc a la división del trabajo.

La exigencia de productividad le viene por dos frentes: tanto por la prescripción normativa del ethos asumido, como por la presión y auto-sometimiento al que se sujeta en tanto que se vuelve prescindible estructuralmente, en tanto que trabajador abstracto. No es un trabajador concreto al que se le valore el trabajo en su carácter cualitativo, porque detrás tiene a todo el ejército de reserva que aspira y compite para ocupar su lugar.

El ethos protestante en la posmodernidad entra en contradicción con sus mismos principios ya que en el plano normativo se prescribe responsabilidad, productividad, eficiencia y atesoramiento, pero en el plano práctico el mercado lo somete a un consumo desmedido, no sólo de cosas sino de cultura y formas de vida cosificadas.

En la postmodernidad la guerra de todos contra todos se redirige en la violencia hacía sí mismo. La violencia sistémica no sólo es direccionada a los sin-parte. También los integrados al sistema la padecen y auto-infligen. Miedo como corolario de la violencia. Miedo a sí mismo. Miedo al otro. Miedo a lo diferente, a que sea diferente: a dejar de ser lo que se es; a dejar de perpetrar el status quo; a reventar el sentido común.

Lo que ello implica es un compromiso que subvierta la seguridad, para obtener lo nuevo, pero antes que con lo Otro es un compromiso consigo mismo: la reinserción y recuperación de la espacialidad. Una nueva cartografía que tenga como condición el reparto de lo sensible (entendido como la identificación de un común sensible que se ofrece, y en el cual se puede ser participe en tanto que se tiene lugar en tal reparto. “Es un reparto de tiempos, de espacios y de formas de actividad… hace ver quién puede tener parte en lo común en función de lo que hace, del tiempo y el espacio en los cuales esta actividad se ejerce.” Ranciere.). Que tenga como lugar el espacio del conocer, del pensar y del sentir individual-privado; en los micro-espacios, sin descuidar, por supuesto, los espacios comunes, la espacialidad desde dónde ejercer micro y macro-política. Subvertir el orden lógico-histórico impidiendo que la recuperación del espacio sea ocupado por la violencia espontánea. Ya es tiempo.

IX

Junto al fin de la historia y al fin de lo político se unifica el fin de las ideologías, que deviene así, sin utopía ya valida y posible: la razón cínica de Sloterdijk. Esa falsa conciencia ilustrada que bajo la racionalización entendida aquí como omni-comprensión que elimina los residuos “irracionales” y “bárbaros” de casi todo en la posmodernidad, es justificada como elección con conciencia de estar actuando sin principios, sin condiciones normativas de la acción, sin ejes valóricos, sin deber ser. Donde la otredad (naturaleza) esta subsumida por completo y las explicaciones psicoanalíticas dejan ya poco espacio a lo “irracional” como incomprensible. Al eliminar la situación (estructural), la contextualización, se atribuye al sujeto un ego aislado al cual su conciencia le dirige al arsenal de mercancías frente a lo cual toma decisiones “racionales”, haciéndose comprensible (la Verstehen diltheyana se actualiza) por el mayor número de individuos. Frente a lo des-historizado, lo descontextualizado, lo des-situado toda elección racional es “comprensible”.

Es una razón cínica que consume no sólo lo que produce el mercado sino el mercado como concepto mismo. La cosificación mercantil vuelta imágenes de consumo en que se convierten las subjetividades, las sensibilidades, las solidaridades, las conciencias, todo ello en el vórtice de igualdades y libertades. Todo eso que el arcoíris del mercado con toda su gama de grises ofrece. La imagen es ya el producto que se consume. Se oscurece el referente. No se sabe qué es ni dónde está.

La estructura de sentimientos (Raymond Williams) reconfigurada en la posmodernidad. Se percibe el espacio y el tiempo de forma distinta. Se deslocaliza la distancia necesaria para colocarse frente al mundo, arrollado por la vertiginosidad del tiempo. La distancia “crítica” como peculiaridad disruptiva, ha sido desaparecida. Es en la compresión del espacio y la dilatación del tiempo como síntoma del actual estado de cosas, donde el individuo copado por la totalización posmoderna mercantilizada, pierde el sentido de espacialidad que lo podía situar en determinada distancia, semiautónoma, para negar, cuestionar, subvertir, invertir o proyectar (transformada) la inmediatez sensible.

X

Se pierde de vista el movimiento, “el movimiento auténtico, el movimiento propio de los cuerpos comunitarios” (Ranciere).

Javier Gómez Monroy

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