Cultural Pública es un colectivo de investigación interdisciplinaria que pretende explorar la relación entre Arte, Cultura y Sociedad

8.8.10

Caso CECUT - Las Puras Grillas

Importante aclaración: esta nota fue tomada de http://bitacoracultural.com/

Contactamos al sitio para poder reproducir el texto siguiente:


Las arbitrariedades de Conaculta: El caso turbio del CECUT

Por Roberto Rosique

Artista visual tijuanense

Parece ser que remar a contracorriente es la consigna de la política mexicana, no hay una sola dirección institucional en el país que esté encabezada por el sujeto idóneo, aquél que se ha preparado o especializado a consciencia para desempeñar ese cargo.

El dirigente en turno acomoda a sus amigos en los puestos que considera clave para así desempeñarse sin contratiempos y que los jugosos beneficios no se dispersen en la comunidad; la funcionalidad, la eficacia de las instituciones son irrelevantes. "Ya aprenderá como irla sacando adelante", es la respuesta común para justificar la inexperiencia; esto es tan habitual que no sorprende, que incluso, consideramos normal. Tal es el caso actual del Centro Cultural Tijuana, cuya imposición del dirigente por parte de Consuelo Sáizar, directora del Conaculta, ha desatado, como pocas veces, indignación en un amplio sector de la comunidad cultural local y nacional.

La colectividad cultural tijuanense se divide por estas acciones centralistas: por un lado está la que toma partido (la minoría), coludida con la jauría política que celebra victoriosa su permanente condición de poseer este espacio cultural (CECUT) como coto de poder para el pago de facturas pendientes, y son avalados por un hato de empresarios cuyo lema business are business da cuenta clara de su amor ficticio por la cultura. Juntos, en un apoyo irrestricto a la decisión de Conaculta se atrincheran en el CECUT.

Y la otra (la mayoría), la que descalifica la manera draconiana y desvergonzada de imponer un dirigente cultural, sin prestarse, por lo menos, al juego democrático (a sabiendas de que es una palabra demolida por la arbitrariedad y la corrupta política mexicana); la que juzga el menospreciar la toma de decisiones concertadas con la comunidad; la que cuestiona el ignorar las propuestas abiertas y públicas de candidatos honorables, pero sobre todo preparados profesionalmente para alcanzar ese cargo. Este dilema, que hemos visto repetirse en varias ocasiones en el CECUT, parece no tener intención de cambiar, sin embargo los tiempos son otros y por respeto a la cultura tijuanense, la opinión de sus ejecutantes merece ser tomada en consideración.

Conaculta, los políticos y empresarios que conciben su actuación en términos estrictamente clientelares, de creación de vínculos con vistas al mantenimiento de su posición dominante, ignoran que una institución cultural sin artistas no tendría razón de ser; el propio Conaculta sería inexistente. El CECUT que fue el fruto de un capricho presidencial (particularmente de Carmen López Portillo, esposa de uno de los presidentes más siniestros que ha tenido México) para cristalizar su ensueño y vanidad, al dejar una obra para ser inmortalizado (aunque tristemente lo recordemos más como el perro que no defendió nada); este capricho ha sido venturosamente un enorme escaparate que ha contribuido en la expansión de la cultura bajacaliforniana, de ahí la preocupación de que la dirección sea para Conaculta únicamente un cheque al portador para cubrir sus adeudos pendientes.

No se entienden los motivos de Consuelo Sáizar de no dar contestación a las cartas firmadas por artistas de todas las disciplinas e intelectuales, locales y nacionales, de becarios de premios estatales y nacionales, de profesionistas, de estudiantes, sí (de licenciaturas, maestría y doctorados), que únicamente solicitaron explicaciones del porqué de esa decisión turbia y antidemocrática.

Tal vez sea que la habitual costumbre de mirar al centro para que artísticamente nos validaran, desde hace tiempo ha pasado al olvido y estos actos arancelarios del dedazo les proveen, por lo menos en el CECUT, la seguridad de un control absoluto. Puede ser, aunque no creo en tal arrebato de inocencia; es desde mi apreciación el importamadrismo de un gobierno absolutista y demagógico, que toma esa decisión sin rascarse la cabeza, seguro que nada pasaría, que después de unas cuantas rabietas de artistas necios todo quedaría en el olvido y las cosas retornarían a la normalidad.

Los progresos y reconocimientos a la cultura bajacaliforniana en el ámbito mundial son el fruto del ejercicio tesonudo y la mayor parte de las veces solitario de su comunidad creativa y nadie pone en duda la participación del CECUT, de ahí también su reconocimiento internacional; por ello la preocupación por quien encabece la institución y de que nos preguntemos ¿qué ha hecho para merecerlo? y lo más preocupante, si no es el indicado ¿qué podemos esperar de él? Por lo tanto, quien asuma esa responsabilidad deberá contar con un perfil que garantice un desenvolvimiento profesional y ya no -por favor- dejar al beneficio de la duda su futuro desempeño; los tiempos del “a ver qué pasa” deben quedarse atrás.

Para la dirección del CECUT se requiere (porque así lo exigen los logros alcanzados por la comunidad cultural a nivel mundial, y porque así lo demanda la comunidad local para ejemplo de nuestros alcances y beneficio de sus frutos) de alguien que articule políticas culturales de mayor ambición y alcance, que invente nuevos ámbitos de debates. Es indispensable alguien preparado para ello, de un especialista que domine y conozca los contextos mundiales del arte, sus corrientes y apuestas contemporáneas; de alguien, incluso, que tenga los contactos internacionales para conformar puentes entre lo externo y la producción local, contactos que permitan agilizar las rutas de acceso a los circuitos internacionales del arte, alguien que gestione con autonomía, lo que resulta imposible cuando su designación postiza le exige sumisión a intereses partidistas, de ahí la reclamación de una elección consensada con la comunidad en la que se permita la propuesta de individuos competentes, reconocidos por sus desempeños dentro de las políticas culturales, que no necesariamente tienen que ser tijuanenses (que este es otro de los infantilismos: si no es tijuanense, no), y ejemplos para ello sobran (Ery Cámara, Gerardo Mosquera, Rosa Martínez, Pablo Helguera, Carmen Cuenca, etc.).

Tal vez ambiciono demasiado. Esto será imposible alcanzar cuando sólo se cuenta con experiencias raquíticas en el ámbito cultural, experiencias, además, tristemente adobadas con títulos de reconocimientos familiares, con logros minúsculos engrandecidos por alabanzas oropelescas de timoratos locales. Será quimérico lograrlo, si la máxima aspiración del dirigente es postrarse en la cabecera de la institución cultural para cumplir con su proyecto de vida, cuando lo que necesita esa institución no es cumplir caprichos personales sino ayudar a trascender a su comunidad cultural con proyectos consensados, ambiciosos y transnacionales.

Imposible lograrse si el dirigente adornado de compasivos adjetivos confía su desempeño en la buena voluntad, con el pretexto de su amplísima experiencia política y educativa lamentablemente ajena a la cultura. Nadie duda de que esa experiencia curricular pueda ser útil, sí, pero en otros espacios, no en el cultural y particularmente en la dirección del CECUT.

Su permanencia sería irremisiblemente una microcefalia preocupada por mirarse el ombligo, desempolvar el pasado y llenar las agendas de exposiciones mediocres y de los artistas en gracia que Conaculta itinera por los estados. El prestigio de la institución le exige mirar, inexcusablemente, hacia delante. Y no se trata de menospreciar la producción local, se trata de adelantarnos, recuperar el atraso que perdimos en el pasado y reafirmar nuestra posición internacional a través de ideas innovadoras y un trabajo de calidad, llámese conceptual o retiniano.

Permanecer con los conceptos de las vanguardias históricas y añorarlas, no es tan grave, pero estas labores de casa, que son imprescindibles también, como es reconocer y mantener vivo el pasado, apoyar lo emergente y divulgarlo, pueden ser perfectamente cubiertas por las otras instancias culturales del estado (el ICBC y el IMAC) que esa es su capacidad, su función y obligación.

La aparentemente incierta decisión que llevó a ciertos artistas a apoyar esta imposición, se encuentra encubierta en el miedo a ser excluidos de las salas expositivas del CECUT o de las ediciones de libros, o de conciertos musicales o de puestas en escena o coreográficas, y la más constante y vergonzosa: la aceptación acrítica de la situación y la integración, por parte de los más hábiles, en el organigrama cínico.

Las prebendas para exponer en el Cubo del CECUT a cambio de favorecer con su apoyo a la dirección, parece ser la más preciada carnada, que ya comenzó a rendir frutos. No debe culparse a los artistas que han aceptado porque el desempeño tibio y el resultado de sus producciones lo han mantenido soterrado en el anonimato, y una oferta de esta categoría sería una tontería imperdonable despreciarla; es el acto mezquino de doblegar el que incomoda, a la vieja usanza priísta y la actual práctica panista (nada ha cambiado en nuestro Estado), lo que encabrona es la manera brutal de coacción absolutista en la que subyuga el beneficio personal mal habido al intelecto y pone en evidencia la forma de actuar que nos espera, por lo menos el resto del sexenio.

Vivimos aterrados (según televisa, la radio, los diarios locales y nacionales) por una violencia desbocada que ni las fuerzas castrenses pueden parar y los gobiernos conscientes de ese pánico nos mantienen distraídos con información baladí y falseada para no cuestionar su incompetencia administrativa, la misma que ha permitido que el pueblo se hunda cada día más en la miseria. Si ésta, que es una realidad inobjetable les vale un comino, qué importancia puede tener para ellos la recriminación de una comunidad cultural porque Conaculta tome decisiones arbitrarias. Es cierto, ninguna, pero levantar la voz, inconformarse y cuestionar acciones intolerables como ésta, es lo menos que debemos hacer, aunque esto conlleve quedar guardado en la gaveta de un olvidado archivero del CECUT, lo que, haciendo cuentas, será menos triste o vergonzoso (depende) que apoyar una causa estigmatizada por su origen, que nació lisiada y que irremediablemente seguirá coja, aunque sus agoreros quieran maquillarla con entrevistas simuladas y otra serie de baratijas que no convencen ni a ellos mismos. Sea pues.

Cuando anulen su voto estas próximas elecciones piensen un poco en lo que merecemos, si es que lo merecemos.





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