En El libro del té, Okakura Kakuzô nos recuerda que el teísmo, o filosofía del té, expresa junto con la religión y la ética, la concepción integral del hombre y de la naturaleza. Al referirse a la sociedad oriental japonesa escribe: “Nuestras habitaciones, nuestra cocina y nuestra indumentaria; nuestras lacas, nuestras porcelanas, nuestra pintura y nuestra literatura han sufrido su influencia. Nadie que conozca la cultura japonesa podrá negarlo. Ha penetrado en todas las mansiones, desde las más nobles hasta las más humildes. Ha enseñado a la gente del campo el arte de arreglar las flores y al más humilde trabajador el respeto hacia el agua y las rocas.” Para Okakura el té es higiene, economía y geometría moral capaz de definir el sentido de la proporción de los seres humanos respecto al Universo.
Este fragmento alude al papel central que juega la cultura en todos los procesos de interacción humana, como la religión, la arquitectura, la ciencia, el arte, la comida, la política, etc... Si bien la cultura pertenece de manera orgánica a la vida práctica del ser humano y se ha reconocido como un derecho universal en la mayoría de las constituciones de los países democráticos, los desafíos que se enfrentan para instrumentar su protección y acceso han quedado pendientes en la mayoría de los casos. Más que hacer un diagnóstico sobre la cultura en México me gustaría hacer una reflexión sobre los fundamentos filosóficos en los que se basa el discurso igualitario de la cultura en las democracias liberales modernas, para después esbozar algunas propuestas para un futuro cercano.
En México los derechos de acceso a la cultura, respeto a la diversidad cultural y a la libertad creativa se reconocieron como garantías individuales durante la LX Legislatura, al reformar el artículo 4˚ de la Carta Magna:
Toda persona tiene derecho al acceso a la cultura y al disfrute de los bienes y servicios que presta el Estado en la materia, así como el ejercicio de sus derechos culturales. El Estado promoverá los medios para la difusión y desarrollo de la cultura, atendiendo a la diversidad cultural en todas sus manifestaciones y expresiones con pleno respeto a la libertad creativa. La Ley establecerá los mecanismos para el acceso y participación a cualquier manifestación cultural. El Estado tutelará estos derechos.
Jurídicamente a partir del 1 de mayo del 2009, la cultura pasó de ser un programa de gobierno –sujeto a criterios de los gobernantes en turno – al ejercicio de un derecho constitucional del pueblo mexicano, que debe ser garantizado por el Estado. Esta reforma plantea de manera implícita el binomio de cultura e igualdad. Es decir, se entiende la cultura como un derecho universal que todos los ciudadanos del mundo deberán poder gozar y ejercer por igual.
Si bien las constituciones políticas de todo Estado moderno que se considera democrático, así como la declaración universal de Derechos Humanos “garantizan” el ejercicio de la Igualdad y la Cultura, es importante notar que el discurso de estos derechos está claramente ligado a un pensamiento unitario y consensual de la democracia en el que existe un acuerdo “sobre el orden de desigualdad que se cree más apropiado para garantizar a los más desfavorecidos una parte suficiente de poder y bienestar” . Esta forma de entender y practicar la Democracia tiene como punto de partida la separación de lo político del poder y es así como, de acuerdo con el filósofo francés Jacques Rancière, se logra dominar pacíficamente a la sociedad dejándola “en su estado de igualdad, satisfacción de lo privado y autorregulación de las pasiones” . Hannah Arendt plantea que el primer derecho del ciudadano es el derecho a tener derechos, sin embargo, sólo puede tener derechos aquél que puede plantear la obligación racional que el otro tiene de reconocerlos. Por lo tanto, la idea de una sociedad democrática en términos de igualdad política y cultural va más allá de los principios institucionales que la fundamentan como régimen político: elecciones, partidos políticos, división de los tres poderes de la república, respeto a la voluntad de la mayoría y de las minorías.
En su sentido más amplio, la democracia puede ser entendida como “el modo de subjetivación por medio de la cual existen sujetos políticos” en una comunidad dada y cuya participación toma la forma de contrapoder partiendo de un principio de igualdad . Es decir, una sociedad democrática está basada en la posibilidad que tiene cualquier individuo, en su calidad de sujeto democrático, de existir como “poder de división” del okhlos para reclamar sus derechos. Pensado así el quehacer político, es imposible concebir una sociedad democrática con una forma determinada, ya que sus divisiones y diferencias internas no cesan de trabajar y de orientarse por la posibilidad que tiene de alterarse en la propia praxis . En este sentido, la democracia deja de ser el reino de la ley común o del reino plural de las pasiones, para convertirse en el lugar donde la facticidad se presta a la contingencia y a la resolución del trazado igualitario . Retomando la igualdad aritmética de la constitución democrática de Platón , la democracia liberal se plantea hoy como la adición unificada de las diferencias en una sociedad. Esta concepción de democracia no permite ver al demos como un sujeto presente en todo el cuerpo social capaz de deshacer colecciones y ordenaciones, sino como aquél que se define por su relación positiva respecto del orden que se le asigna en la comunidad política: la de elegir a sus representantes que buscarán hacer valer sus derechos como individuos. Haciendo una crítica al consenso como el valor central en el ejercicio de los derechos ciudadanos en las democracias modernas, Mouffe escribe: “Lo que es específico y valioso de la democracia moderna es que, cuando se entiende apropiadamente, ésta crea un espacio en el que la confrontación se mantiene abierta, las relaciones de poder siempre se cuestionan y ninguna victoria es definitiva. (…) Esta democracia agonal requiere que se acepte que el conflicto y la división son inherentes a la política y que no existe un lugar en el que la reconciliación pueda ser definitivamente alcanzada como una completa actualización de la unidad de la gente” (pp. 745-748)
Tomando como referencia las propuestas culturales de Zizek, Rancière y Chaui me gustaría proponer un programa cultural-democrático que tome como principio la igualdad política , ya que sólo a partir de ésta el sujeto democrático tendrá la posibilidad real de interrumpir el orden natural de la comunidad reclamando una distribución diferente en la que se puedan desencadenar procesos creativos en los que se logre hacer proyecciones que culminen en la autorrealización del individuo y la comunidad.
En Cultura y Democracia, Marilena Chaui recupera el valor de uso de la cultura a través del concepto de trabajo:
“El trabajo, como sabemos, es la acción que transforma lo existente en algo nuevo, produciendo lo que hasta entonces no había existido. […] Así entender la cultura como trabajo, es reconocer que ésta también se ofrece a los otros sujetos sociales, se expone a ellos, se ofrece como algo a ser recibido por ellos para formar parte de su inteligencia, sensibilidad e imaginación y es retrabajada por los receptores, sea porque la interpretan, sea porque una obra suscita la creación de otras”.
Al hacer esto, Marilena Chaui rescata la importancia de la producción cultural en el desarrollo integral de la sociedad. En términos prácticos, se propone pensar la cultura como proceso de creación y por lo tanto de trabajo, trabajo de la inteligencia, de la sensibilidad, de la imaginación, de la reflexión, de la experiencia y del debate, tanto para el artista como para el público. Entender así la cultura, requiere de un Estado que la conciba no solamente como un servicio público sino principalmente como un derecho ciudadano a partir del cual se impulse el desarrollo humano de una sociedad. En el ejercicio del derecho a la cultura, los ciudadanos, como sujetos sociales y políticos, se diferenciarán, entrarán en conflicto, comunicarán e intercambiarán sus experiencias, rechazarán formas de cultura, y crearán otras.
Esto sólo será posible en la medida en que el Estado y los actores encargados de la gestión cultural cumplan por lo menos las siguientes tres condiciones:
• Asegurar el derecho de acceso a las obras culturales producidas. Más que a la oportunidad de producir obras culturales, es indispensable garantizar que todos los ciudadanos tengan la oportunidad de disfrutar de éstas.
• Garantizar el derecho de producir obras. La cultura entendida desde su concepción más amplia, abarca todo lo humano, es decir, va más allá del campo de las bellas artes y por lo tanto las personas que no son artistas también son productores de cultura en tanto que son autores de su propia memoria. Así, esta condición resalta la importancia de que todos los ciudadanos, tanto artistas como no-artistas tengan la posibilidad de producir aquello en que son sujetos de su obra: los artistas deberán tener la posibilidad de crear obras, y en el caso de aquellos que no son artistas, se deberán ofrecer condiciones para que éstos puedan crear formas de registro y preservación de su memoria, de la cual son sujetos.
• El derecho de participar de las decisiones sobre políticas culturales. Será indispensable que los ciudadanos tengan la posibilidad de intervenir en la definición de las directrices culturales y de los presupuestos públicos, a fin de garantizar tanto el acceso como la producción de cultura.
Para asegurar la sustentabilidad de estas prácticas concretas, éstas deberán estar orientadas en función de ciertas premisas básicas como: un concepto de cultura que promueva la formación de la identidad personal basada en el principio de inclusión ; políticas públicas abiertas y flexibles que partan de las necesidades culturales específicas de una sociedad; la promoción de la apropiación por parte de los sujetos de los logros y los saberes tanto individuales como colectivos; una concepción de “Estado” como comunidad en la que circulan culturas en los múltiples contextos grupales que la habitan y que están en perpetua actualización; una forma dinámica de concebir la cultura, apelando a su reconstrucción y recreación a partir de la interpretación y negociación constante de quienes la integran; procesos de reflexión y análisis que permitan a todos los actores de la comunidad replantearse, desde distintos lugares, el papel que desempeñan la ideología y la división y lucha de clases en la elección de alternativas en el contexto institucional; la construcción de prácticas que posibiliten el tratamiento democrático de la cultura asumiéndola como un sistema de significación que permita a todos los sujetos redescubrir el mundo y apropiarse de él.
En Definición de la cultura, Bolívar Echeverría define la cultura como el momento autocrítico de la reproducción que un grupo humano determinado, en una circunstancia histórica, hace de su singularidad concreta (p. 187). De acuerdo con este autor, la cultura sólo se reproduce en la medida en que se cuestiona a sí misma, se enfrenta a otras y se combina con ellas, defendiéndose de ellas y también invadiéndolas. Al ser considerada una dimensión esencialmente humana, la cultura comparte la misma naturaleza “bifacética” que Echeverría (2001a) le atribuye al ser social: tiene un carácter práctico y uno semiótico. Por lo tanto, cualquier materialización de la cultura será el producto de la síntesis de un proceso operativo y de proyección del sujeto. Esto hace que la producción cultural sea un elemento central en los procesos imaginativos de una sociedad, ya que a través de ésta, el sujeto político es capaz de potenciar la proyección y la materialización de escenarios posibles y de cambio social. Por lo tanto, cualquier reflexión en torno a la política cultural y la producción cultural, deberá de reconocer el valor de uso de la cultura, es decir, pensarla no sólo como un elemento identitario o como un factor de desarrollo económico sino como una dimensión constitutiva y autocrítica de la reproducción humana a través de la cual un grupo determinado inventa y reinventa las posibilidades de su singularidad concreta. Si se piensan tanto la cultura como la igualdad en el contexto democrático aquí planteado entonces se reconocerá por qué estos elementos no sólo son positivos para la democracia, sino esenciales para su existencia.
Andrea Ancira
Del griego ochlos: significa multitud, masa, chusma, plebe. Según Rancière, en la edad democrática moderna, esta división es la fuerza humanizante que se encuentra en el corazón mismo del conflicto democrático. se manifiesta como lucha de clases la cual proclama en el corazón mismo del conflicto democrático.
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